Desde la disolución de la Unión Soviética, Rusia ha luchado por redefinir su identidad. La narrativa comunista perdió fuerza y el vacío simbólico dejó al país sin una épica cohesionadora. En ese contexto, el Kremlin buscó nuevas formas de legitimación histórica.
Vladimir Putin encontró una fórmula efectiva: trasladar el mito fundacional de 1917 —la revolución bolchevique— al 9 de mayo de 1945, día del triunfo sobre la Alemania nazi. Ese hito se transformó en una nueva épica nacional, exaltada cada año con desfiles y propaganda.
Pero para mantener viva esa “victoria eterna”, el poder necesita enemigos. Así, los conflictos actuales, como la invasión a Ucrania, son presentados como continuaciones de aquella gesta, reforzando un relato que mezcla orgullo, amenaza externa y unidad patriótica.




