La fuga de alias Fede, uno de los criminales más peligrosos del país, ha golpeado de lleno la estrategia de seguridad del Gobierno ecuatoriano. Vestido con uniforme militar y sin disparar una sola bala, escapó a plena luz del día de la Penitenciaría del Litoral, la prisión con mayor custodia del país. Las cámaras fueron apagadas, la ruta fue desviada y las bitácoras manipuladas. El presidente Daniel Noboa ha calificado el hecho como “una traición” y ha ordenado medidas drásticas.
Por el escape ya han sido detenidos 19 militares, dos funcionarios civiles del sistema penitenciario y un recluso. El propio mandatario confirmó que no se trató de un fallo de seguridad, sino de una acción coordinada entre fuerzas del Estado y el crimen organizado. Alias Fede está vinculado a Los Águilas, una célula de la banda Los Choneros, y su historial incluye asesinato, narcotráfico y tenencia ilegal de armas.
Este nuevo escándalo llega en un contexto de emergencia nacional. Pese a las leyes impulsadas por el Gobierno y el despliegue militar constante, la violencia no cede: Ecuador suma ya más de 4.000 homicidios este año y las bandas criminales continúan ampliando su control territorial. La desconfianza ciudadana crece, así como las sospechas sobre la infiltración de las mafias en las fuerzas de seguridad.
Para intentar frenar el descrédito, Noboa ha ofrecido una recompensa de un millón de dólares por información que conduzca a la recaptura del narco, y otro millón al agente que lo capture. Pero el precedente no es alentador: otro líder de Los Choneros, alias Fito, lleva 17 meses prófugo tras fugarse de otra prisión bajo control militar. La huida de Fede solo confirma lo que ya temían muchos: el Estado ha perdido el control de sus cárceles.




