El acceso a la vivienda y la precariedad laboral dificultan la independencia de los jóvenes, que registran una caída de más de 15 puntos en la última década. Aunque la renta disponible ha mejorado, el encarecimiento del alquiler y la compra impide que esa recuperación se traduzca en más emancipación.
La tasa de jóvenes de entre 25 y 34 años que vive con sus padres alcanza ya el 48%, según los últimos datos, con cifras aún más elevadas entre los hombres. En 2015, más de dos tercios de este grupo de edad vivía de forma independiente, un porcentaje que ha descendido de forma constante desde entonces.
El problema afecta a ambos sexos, aunque con diferencias: las mujeres muestran niveles de emancipación superiores a los hombres, pero también han sufrido un retroceso notable en los últimos años. Ni el nivel educativo ni la formación parecen cambiar de forma significativa esta tendencia generalizada.
Uno de los factores clave es el fuerte aumento del precio de la vivienda, que en la última década ha crecido muy por encima de los salarios. Esta brecha ha hecho cada vez más difícil acceder a un alquiler o a la compra de una vivienda, incluso con ingresos estables.
Además, los datos muestran una paradoja: aunque emanciparse suele asociarse a mayor autonomía, una parte importante de los jóvenes que viven fuera del hogar familiar se encuentra en riesgo de pobreza. Esto refleja la combinación de salarios bajos, empleo inestable y altos costes de vida, que condicionan tanto la independencia como la calidad de la misma.




