Pedro Sánchez volvió a captar los focos en la escena internacional, esta vez por apartarse del consenso alcanzado por los líderes de la OTAN en La Haya. Mientras la mayoría de jefes de Estado acordaban elevar el gasto en Defensa hasta el 5% del PIB, el presidente español se negó a firmar ese compromiso. Lo hizo, según defendió, para preservar el modelo social y evitar que ese aumento suponga recortes en sanidad, educación o pensiones. Pero el gesto tuvo consecuencias: Trump amenazó con represalias comerciales contra España.
La imagen de Sánchez en un extremo de la foto de familia de la cumbre se ha interpretado como símbolo de aislamiento, aunque algunos analistas lo leen como una soledad buscada. La negativa a seguir la línea marcada por Washington responde también a una necesidad interna: sus socios de coalición, especialmente Sumar, no aceptarían un giro militarista en el presupuesto. Con una legislatura débil y marcada por escándalos de corrupción, el presidente necesita cohesionar su base y evitar una fractura dentro del Ejecutivo.
El choque con Trump, aunque arriesgado, ofrece a Sánchez una oportunidad de reafirmarse como figura progresista en Europa y de desviar el foco de la tormenta que le rodea en España. El escándalo que salpica a figuras clave del PSOE ha debilitado su posición, y los escenarios internacionales pueden servir como “tiempo muerto” para reordenar el juego, como suele hacer, según sus biógrafos. La OTAN, una vez más, ha sido el tablero elegido para esa estrategia.
Aun así, el margen es limitado. España firmó el acuerdo general de la cumbre, aunque con reservas sobre su aplicación concreta. El comercio exterior español está blindado por la UE, lo que limita las maniobras de Trump, pero no elimina el riesgo de tensiones bilaterales. Con su coalición tocada y sin presupuestos aprobados desde 2023, Sánchez se enfrenta a una cuenta atrás política. Y aunque ha demostrado habilidad en sobrevivir a crisis, esta vez el desgaste viene desde dentro.




